En una noche de imposibles cálculos matemáticos decidí escapar de mi realidad viendo la enésima repetición de Titanic (en mi caso la veía por primera vez en el canal 2). Tenía trece años y no imaginé que aquella elección sería motivo de futuras inclinaciones cinéfilas, un enamoramiento repentino por Leonardo Dicaprio y un fiel apego por el arte dramático. Desde entonces, procuré abastecerme de necesidades ajenas para montarme vidas postizas, que hasta hoy, me gusta encarnar.Se hacía de noche y no hallaba el resultado de los binomios al cuadrado. El libro de matemáticas de Coveñas Naquiche no tenía la alternativa que me había resultado. No dejaba de renegar y juraba que los matemáticos (todos) eran una tira de chiflados que perdían el tiempo resolviendo ejercicios insustanciales para la vida. “No voy a ser matemática, me basta con sumar y restar”, pensé. Entonces tiré la toalla, miré de reojo el televisor viejo- con cuya antena peleaba para sintonizar los canales-, y decidí internarme en la hipnosis de la caja boba mientras hacía zapping y dejaba reposar mis neuronas.
De repente, la imagen en sepia de unos chicos acomodando unas maletas dentro de un barco, me llamó la atención. En especial uno de ellos: un rubio de ojos celestes (¡fiu, fiu!) que se hacía llamar Jack, pero que en la vida real era Leonardo Dicaprio. Seguí prendada de él mientras la historia avanzaba. El interés fue ampliándose a medida de que la trama se iba volviendo más interesante.
Una historia de amor incondicional, pero de desiguales condiciones sociales, una tragedia a punto de comenzar, respetables actuaciones, todo fue motivo para que el film 'más taquillero de la historia' se clavara en el recuerdo de mi mente adolescente en búsqueda de emociones. Ya lejos de los chiripazos algebráicos, por fin sentía que algo me hacía vibrar de verdad.
Con esta pela no pataleé -como sí lo hice con los binomios-, pero sí moqueé. Cerré la puerta de mi cuarto con llave para que no me vieran. No llegué a resolver, ni de vainas, los ejercicios que me faltaban del libro.
Al día siguiente, en la formación de la escuela, tenía locas a mis amigas con mi fiebre desactualizada de Titanic. Hubo solo dos quienes me hicieron caso, por ellas fue quizás que logré desembarazarme de mis roches electivos y llegué a navegar, a profundidad, en el océano de mis pasiones escondidas. Poco a poco descubrí que secretamente fantaseaba con ser aplaudida frente a un público.
Recuerdo que en los días posteriores no dejaba de alucinarme en Hollywood siendo yo la protagonista de alguna película. Quería llegar a ser una Gwynneth Paltrow, Julia Roberts o Nicole Kidman. Alquilaba pelas todos los fines de semana (quizás para nutrir un poco más mi sueño) y anotaba mis críticas de cine en un cuadernito amarillo que yo misma decoré.
Ahora mi tiempo libre ha pasado a ser (también) el tiempo para otros. El tiempo dedicado a esos coloridos personajes a quienes procuro prestarles algo más que un gesto de tristeza o alegría: mis vísceras, el corazón.
5 comentarios:
Vaya, ese fue el inicio.
Rousssío
¿Qué hubiese sucedido si te esmerabas con tu tarea de mate?
Quizás no me hubiese cruzado contigo, Anónimo...
Eso hubiese sido decepcionante tanto como si Jack no hubiese tenido el don de dibujar. Sin ese detalle la historia se priva de placer...
Vaya Anónimo se las sabe todas---Interesante relato de la joven Mr. Jeje---en sus pasos a las tablas---No podía dejar de pensar en cuanto lloré por esta película---"Era mi primera vez"---y le di con todo---nada importaba sólo Jack y el amor por la gordita esa---La trasnochada venía con la satisfacción de haber llegado al final de la historia---creo que también me cambió la vida---desde ese día ya no dormiría antes de las 12 a.m.---
tu crónica, a diferencia del Titanic, es insumergible y tan buena como Kate Winslet je je
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