martes, 13 de mayo de 2014

Los rosales, los baobabs...


Para nosotros este ha podido ser el nacimiento de un íntimo y hermoso rosal, con sus espinitas creciendo que acarician y duelen, siempre necesarias, para hacernos recordar que así de ambivalente es este sentimiento que deviene del amor. Para nosotros, cuando nos miramos de frente o nos sentimos de costado, acariciándonos los dedos, los hombros, los cabellos, o cuando nos abrazamos con la mirada y con los cuerpos, esto es sencillamente el nacimiento de algo que dejamos brotar porque sentimos que no puede hacer daño a nadie, sino todo lo contrario. Y qué plácido es dejarse llevar por nuestros abrazos, por el acurruco y la eternidad de ese momento en el que caigo descansada en tu cuerpo: un respiro, una orquilla que le he sacado al tiempo, una vía paralela por la que me convenzo de andar contigo sin peligro a nada, sin culpa de nada. ¡Qué raíces va echando este rosal! Qué fuego va quemando la razón. Pero en algún momento mis ojos dejaron de ser solo mis ojos y levantaron sospecha sobre la naturaleza de aquel follaje: ¿y si son baobabs? - me pregunté - y comencé a sentirme perdida, asfixiada por el humo de un cuerpo que creí haber incinerado. Regresé, entonces, de inmediato al tiempo real, asegurándome de que no haya cadáveres que lamentar. Cuando me percaté ya estaba viendo todo desde la otra orilla: aquellas ramas creciendo a la velocidad de mi inconsciencia. Y fue así como, al tercer día, tuve conocimiento del drama de los baobabs.


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